Por la mañana subimos desde el lado este por un valle sazonado de lagos hacia Gold River. Durante el viaje los árboles son cada vez más espectaculares, subiendo por las rocas basálticas de estos antiguos volcanes hasta las cumbres nevadas.
A cada rato se nos atraviesan ciervos de todos los tamaños, incluso algún bambi. Se nos cruza una familia de perdices de por aquí que bautizamos como gallina tonta, porque la madre se ha quedado parada en mitad de la carretera. Menudo frenazo.
Al llegar al poblado de Gold River hacemos el breakfast en un típico bar de esta isla. Lo lleva Remi, un pintoresco lugareño que nos muestra un cuaderno para que le dejemos una firma y un álbum de postales que sus visitantes le han mandado desde medio mundo.
Los platos son copiosos y muy sabrosos. En mitad del almuerzo entra un indio local, místico y que habla poco. Parece colocado. Finalizada la comida el amigo Remi nos da una tarjeta para que le mandemos una postal. Me quedo de encargado.
Continuamos cruzando la isla hasta uno de los fiordos de la costa oeste. La carretera termina abruptamente junto al mar en un aeropuerto de hidroaviones, junto a una serrería. Al otro lado de la desembocadura del Gold River se ve una hermosa pradera que baja desde el bosque. En el medio un punto negro se mueve. Es un oso negro. Está un poco a tomar por culo, pero, qué demonios, tiro de cámara y a ver qué sale.

Volvemos a la carretera de la costa este hasta desviarnos de nuevo hacia el interior. Un nuevo valle, nuevos lagos. En mitad del camino llegamos a Cathedral Grove. Aquí las Pseudotsugas, un abeto de por aquí, miden 80 metros y tienen diámetros de 5 metros. El bosque parece sacado de la edad de los dinosaurios. El suelo está lleno de troncos de árboles caídos de 50 o 70 metros, cepas de inmensas moles arrancadas por las tormentas, helechos del tamaño de un almendro, etc. Sobre los troncos muertos, y gracias a la humedad, germinan los nuevos individuos que crecerán rectos hacia la luz de dosel, unos 60 metros más arriba. Este bosque está asentado sobre los cadáveres de sus antepasados. Estos arbolitos pueden llegar a vivir cerca de 1000 años, y en este enclave la mayoría tienen más de 700.

Bajamos finalmente a Victoria, la capital de la isla. Dormiremos aquí, si nos deja el club que hay bajo el hotel.